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Trabajos de Juan Bosch sobre Duarte |
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Palo Hincado: una batalla decisiva Al comenzar el mes de junio de 1808 Napoleón Bonaparte se consideraba dueño y señor de España y con ella de su enorme imperio, y cuatro meses después los soldados de Napoleón Bonaparte eran derrotados en la batalla de Palo Hincado, en una lejana isla del Caribe que desde hacía trece años había pasado a poder de Francia por cesión que le hiciera el gobierno español cuando firmó el Tratado de Basilea en virtud del cual se le puso fin a la guerra que mantenían España y Francia desde enero de 1793. El país en el que se dio la batalla de Palo Hincado había sido bautizado por Cristóbal Colón con el nombre de Española pero con el andar de los siglos quedó llamándose Santo Domingo en su porción oriental y Saint-Domingue en la occidental donde se estableció una colonia francesa que, en enero de 1804, pasó a ser la República de Haití, mientras la parte que había sido española seguía siendo francesa porque así quedó acordado en el Tratado de Basilea, uno de cuyos artículos fue dedicado a nuestro país con las siguientes palabras: “En cambio de la restitución de que trata en el artículo IV, el Rey de España por sí y sus sucesores cede y abandona en toda propiedad a la República Francesa la parte española de la Isla de Santo Domingo en las Antillas”. (La primera víctima de ese traspaso fue Tomasa de la Cruz, quien, tal como lo relata Frai Cipriano de Utrera en su proemio al Diario de la Reconquista (Editora Montalvo, Ciudad Trujillo, 1957, Pág. 9) “cayó muerta en la calle... exclamando: “Isla mía, Patria mía!” cuando oía el día 18 de octubre de 1795 la lectura del bando en que se le notificó a la población de Santo Domingo el acuerdo de Basilea)*. La batalla de Palo Hincado, llevada a cabo el 7 de noviembre de 1808 en el lugar de ese nombre, “distante como media legua al oeste del Seibo”, según dice Juan Sánchez Ramírez en Diario de la Reconquista, fue un golpe que hizo añicos el Tratado de Basilea porque con ella, de buenas a primeras quedó demostrado que la población del país, la nacida en la isla, no quería seguir siendo francesa y no se dejaba intimidar por el renombre mundial de Napoleón Primero. En esa época los que nacían en Santo Domingo se llamaban españoles, pero además la mayoría de ellos se sentían tan españoles como si hubieran nacido en Castilla o en Andalucía, y por tal razón los que combatieron en Palo Hincado lo hicieron para dejar de ser oficialmente franceses y retornar a ser lo que sentían que eran: españoles. En cierto sentido la acción de Palo Hincado corresponde a la historia de España más que a la de la República Dominicana, pero España no la reclama porque ni se dio en su territorio ni la dieron españoles nacidos en la Península. Más aún, a pesar de que debido a la victoria de Palo Hincado Santo Domingo volvió a ser territorio español, ese retorno de Santo Domingo al dominio de España no figura en la historia española, y por tanto, si no figurara en la historia dominicana nadie sabría qué sucedió en Palo Hincado el 7 de noviembre de 1808 ni qué importancia tuvo el hecho de haber derrotado en el lugar de ese nombre a soldados de Napoleón Bonaparte. Sánchez Ramírez describe la batalla La batalla fue relatada del lado “español” y del lado francés, en un caso por el comandante en jefe de los “españoles”, Juan Sánchez Ramírez, y en el otro por J. B. Lemonnier-Delafosse que acompañó a Ferrand en su viaje desde Santo Domingo a Palo Hincado. Ambos relatos fueron publicados; el de Sánchez Ramírez en Diario de la Reconquista y el de Lemonnier-Delafosse en Segunda Campaña de Santo Domingo (Traducción del Lic. C. Armando Rodríguez, Editorial El Diario, Santiago, 1946); y ambas obras fueron comentadas por Frai Cipriano de Utrera en las excesivamente abundantes notas que aparecen en el Diario. En vez de aclarar expresiones confusas o incompletas de uno y otro libro, las notas de Utrera hacen difícil el estudio de la batalla de Palo Hincado por dos razones: en su mayor parte esas notas son, no aclaraciones sino juicios personales de su autor expuestos en un lenguaje enrevesado. Por su parte, lo que dijo Juan Sánchez Ramírez sobre la batalla fue muy breve y, en cambio, lo que dijo Lemonnier-Delafosse fue mucho, y ni el uno ni el otro describieron la batalla, sino algunos de sus episodios; pero a pesar de eso, lo que sucedió en Palo Hincado tiene más importancia de la que le reconocen nuestros historiadores que miden la categoría de esa batalla con criterio romántico debido al tono heroico de la arenga que pronunció en el momento de iniciarla el jefe de las fuerzas “españolas”. Sánchez Ramírez refiere que él y sus tropas llegaron a Palo Hincado entre las 9 y las 10 de la mañana del 7 de noviembre (1808) y tomaron posesión del terreno; que en lo más alto quedó la infantería armada de fusiles (que no llegaban a 300, dice él); emboscó a la derecha de ésos a unos 200 que no tenían armas de fuego (lo que significa que tenían lanzas y machetes) y que a su frente puso a un vegano, el capitán de Urbanos Pedro Reinoso, y bajo las órdenes del seibano Vicente Mercedes colocó “un trozo de caballería armado de sable (s) y lanza (s)” que cubría el flanco derecho; y otro igual, bajo el mando del capitán Antonio Sosa, de Los Llanos, cubría el flanco izquierdo; que además formó una pequeña emboscada de 30 fusileros que debía actuar a la retaguardia de Ferrand, y por último, destacó unos 25 hombres para que ocuparan el camino de Anamá por donde podía operar el enemigo; y a seguidas les habló a sus tropas para asegurarles que en la batalla que se avecinaba iban a vencer al enemigo gracias al uso de los sables y las lanzas, y acabó pronunciando la conocida arenga: “Pena de la vida al soldado que volviere la cara atrás; pena de la vida al tambor que tocare retirada, y pena de la vida al oficial que la mandare, aunque fuere yo mismo”. A partir de ahí Sánchez Ramírez cuenta que cuando el enemigo estaba “a medio tiro de fusil” se le echó el ¿Quién vive?, y al responder que los franceses, “se le rompió el fuego”; que en eso, “un trozo de caballería enemiga” pretendió “cortar nuestra izquierda”; que su jefe era el “Teniente Coronel Monsieur Pagais, militar de crédito”, que fue interceptado por el capitán Antonio Sosa; que él –Sánchez Ramírez– ordenó avance general, ejecutado por todos “con tanta intrepidez y gallardía que entre siete u ocho minutos ya teníamos por nuestro el campo de batalla lleno de cadáveres franceses sin otra pérdida por nuestra parte que la de siete hombres”, entre los cuales se hallaban los capitanes Vicente Mercedes y Antonio Sosa” y “un nombrado Juan de la Cruz”. Un ramo de hojas en el sombrero A esa brevísima descripción le añade Sánchez Ramírez la noticia de que Pedro Santana* hombre de conocido valor,” a quien le ordenó perseguir con 50 hombres a Ferrand, encontró el cadáver del capitán general, “y cortándole la cabeza, se encargó la escolta de traerla en triunfo junto con el caballo que montaba”, y luego da cuenta de las bajas “españolas”: 3 muertos, 47 heridos, y de los oficiales enemigos, muertos el ayudante general Briete, los tenientes coroneles Desille y Allier, un capitán cuyo nombre se ignora, 8 oficiales subalternos. un oficial Andrale, dos cirujanos militares llamados Roulet y Casalot, Pedro Batsalle y un señor Legrand, y “otros que, en la persecución de la derrota, cayeron en manos de aquellos que no pudieron dar razón”, y por último, dice Sánchez Ramírez, quedaron prisioneros el coronel Panis, el capitán Lavalete y 6 oficiales subalternos, entre ellos 2 italianos. Por su parte con la aclaración de “palabras oídas por mí”, Lemonnier-Delafosse dice que cuando llegó a Santo Domingo la noticia de que el pueblo español se había rebelado contra la ocupación francesa de su país, el general Ferrand dijo: “La revuelta armada ocurrida en España contra Napoleón nos mata a todos aquí; ni uno solo de nosotros saldrá vivo”. La noticia de lo que estaba sucediendo en España debe haber llegado a Santo Domingo en junio o julio de 1808, y Ferrand, así como la mayoría de los militares franceses que le acompañaban, iba a morir en Palo Hincado cuatro a cinco meses después. Lemonnier-Delafosse escribió su libro Segunda Campaña de Santo Domingo treinta y ocho años después de la muerte de Ferrand y a tanta distancia no podía tener muchos datos, como por ejemplo los días que consumieron Ferrand y sus oficiales y soldados en ir desde Santo Domingo hasta el Seibo, que fueron siete y él dice que fueron nueve, pero no se justifica que se le califique de mentiroso por decir que cuando la columna de Ferrand cruzaba el río Ozama “el señor Ramírez se acercó al general rogándole que le aceptara su cooperación junto con la de sus hombres, todos a caballo y adictos a su persona”. Ese “señor Ramírez” era Tomás Ramírez Carvajal, cuyo papel en la historia ha sido ignorado hasta ahora. En el momento en que le ofreció su cooperación a Ferrand, Ramírez Carvajal era coronel jefe de las llamadas Milicias Españolas, pero insisto en aclarar que lo de “españolas” era una manera de decir porque los que formaban ese cuerpo militar eran dominicanos, si bien la palabra dominicanos como gentilicio de los naturales de Santo Domingo no se había generalizado todavía. Lemonnier-Delafosse no menciona esa condición de Ramírez Carvajal cuando afirma que éste le ofreció a Ferrand 200 jinetes, es decir, 200 hombres a caballo para acompañarlo a El Seibo, y al segundo día de marcha “vimos llegar al señor Ramírez que se reunió con el general trayéndole, así como lo había prometido, doscientos jinetes milicianos” (Ibid. Pág. 154). A seguidas, el autor hace un cálido elogio de la capacidad de esos jinetes. Tres páginas después Lemonnier-Delafosse explica que, a punto de empezar la acción de Palo Hincado, Ramírez Carvajal llamó la atención de Ferrand hacia la posibilidad de que los soldados franceses confundieran a los jinetes “españoles” con los hombres de Sánchez Ramírez y le dijo que era necesario evitar esa confusión, a lo que Ferrand respondió que él no podía buscar uniformes (de soldados franceses) “en medio de los bosques”, y “con esa paciencia, esa prudencia astuta del español”, Ramírez Carvajal “volvió dulcemente a la carga” diciendo que lo que él pedía no eran uniformes sino un signo distintivo, como por ejemplo, que cada uno de los jinetes “españoles se pusieran un ramo o una hoja en el sombrero”, a lo que Ferrand accedió inmediatamente; y el autor de Segunda Campaña en Santo Domingo terminó las referencias al malentendido entre Ramírez y Ferrand diciendo: “Se puso, pues, en la orden del día que en caso de combate todo español que tenga un ramo de hojas en el sombrero era de los nuestros y debía ser perdonado” (naturalmente cuando la batalla terminara con la victoria de los franceses como lo esperaba Ferrand). El vencedor de Palo Hincado Lemonnier-Delafosse escribe como empezó la batalla, y refiere (Ibid, 158) que la columna de “los 200 españoles que tenían el ramo verde se puso en movimiento para sostenernos” y, de buenas a primeras, “Ramírez dejó a Ferrand, se dirigió a su gente y un grito repercutió en los aires”. Ese grito era el de “¡A muerte!” Después de ese grito, el final de la batalla fue relampagueante y catastrófico para los oficiales y soldados de Napoleón Bonaparte que estaban combatiendo en una isla del lejano mar Caribe. Quien lo cuenta es uno de ellos, J. B. Lemonnier-Delafosse, que había combatido en Haití y había pasado a hacer lo mismo en la porción oriental de la isla. He aquí como lo dijo: “Tan pronto como aquellos doscientos ginetes se reunieron con los suyos (es decir, con los “españoles”, n. de JB) empezó un combate obstinado, una refriega espantosa, y nuestros seiscientos hombres no pudieron hacer otra cosa sino vender caras sus vidas!... Todo había concluido. Ellos habían sido asesinados, degollados, y aquellas solas palabras de “¡A muerte, a muerte!” se mezclaban con las de nuestros desgraciados oficiales y soldados…” ...“Qué posición la del general!” Ya no tenía soldados; solamente algunos oficiales con su guardia a caballo cerca de él; ¡eso era todo lo que quedaba de su admirable tropa!”. El relato sigue a manera de brochazos de colores oscuros y de pronto describe el estado de ánimo provocado por la derrota. Lo dice así: “Al llegar a lo alto de la colina, ¿qué íbamos a hacer? ¿De qué echar mano? ¿Por qué lado coger? Vemos un sendero y lo seguimos; como íbamos bien montados, el galope de nuestros caballos nos aleja prontamente de aquel lugar testigo de la más cobarde de las traiciones y del exterminio de los nuestros. El enemigo, muy ocupado, ya en matar, ya en despojar a las víctimas, no envió en nuestra persecución sino unos cuantos ginetes”. Al llegar aquí Lemonnier-Delafosse hace un punto y aparte para seguir diciendo: “Eran lanceros como los nuestros y tenían el ramo de hojas en el sombrero. Ese era el signo de reconocimiento. ¡Don Ramírez había abandonado y traicionado a Ferrand!” Ciertamente, así fue; pero gracias a su astucia, y también a su valor, Tomás Ramírez Carvajal decidió el curso de la batalla de Palo Hincado y el suicidio de Ferrand; esto último, porque a la hora de escribir o dictar el parte en que debía relatar de manera detallada lo que sucedió en esa batalla –parte destinado a sus superiores, que estaban en Francia, no en Santo Domingo–, el general Ferrand tenía que confesar que había sido engañado por un “español”, esto es, por un natural de la parte de la isla en que se dio esa batalla, y esa confesión le costaría la vida o una degradación infamante. Ferrand perdió la batalla de Palo Hincado y con ella la vida por suicidio. Quien figura en la historia como vencedor de esa acción es Juan Sánchez Ramírez, y ciertamente, él la organizó y la dirigió, ¿pero la habría ganado si Tomás Ramírez Carvajal, en vez de engañar a Ferrand hubiera combatido con sus 200 lanceros de a caballo del lado francés? Seguramente no. En ese caso, Palo Hincado habría sido una victoria de Ferrand y el destino de nuestro pueblo sería otro porque de no haberse ganado la batalla de ese nombre el pueblo dominicano habría acabado siendo tan francés como lo son hoy los de Guadalupe y Martinica.
Juan Bosch 24 de septiembre, 1986.
De la Independencia Efímera a La Trinitaria El día primero de diciembre de 1821, el gobernador español de la provincia de Santo Domingo, don Pascual Real, “tan ingenuo como poco precavido”, como lo calificó Víctor Garrido sin tomar en cuenta que una persona ingenua es necesariamente poco precavida, “amaneció traicionado y preso, con la bandera colombiana ondeando en las astas públicas”, y en cambio, el Dr. José Núñez de Cáceres, que hasta ese momento había sido Auditor de Guerra de la provincia y juez del Juzgado de Letras (leyes) de la ciudad de Santo Domingo, amaneció convertido por decisión suya en presidente de lo que él llamó Estado Independiente de Haití Español, pero un Estado que tenía existencia nada más en los deseos del autotitulado presidente y en los de Manuel Carbajal, Juan Vicente Moscoso, Antonio Martínez Valdés, L. Juan Nepomuceno de Arredondo, Juan Ruiz, Vicente Mancebo y Manuel López Umeres, todos los cuales firmaron con Núñez de Cáceres el acta de la supuesta independencia nacional que se conocería en la Historia con el calificativo de efímera. En la comunicación enviada al gobierno de España para notificarle que la provincia de Santo Domingo había dejado de ser territorio español se le pasaba una breve, pero sentida cuenta de la conducta que mantuvo la ex metrópoli con la que había sido la primera de sus posesiones en el Nuevo Mundo, y se le decía que los gobiernos españoles se acordaban de Santo Domingo “para despachar patentes de grados superiores a los europeos (españoles de España, no del país, n. de JB), conferirles los primeros puestos militares, destinar a esta plaza militares ociosos sin cuerpos ni compañías (o sea, sin tropas, n. de JB) organizar los dispendiosos ramos de artillería e ingenieros, recargar sueldos sobre las exhaustas rentas de esta Provincia, para estas y otras medidas que de día en día llevan rápidamente a su exterminio... doce largos años no han sido bastantes a enviar los auxilios militares que se han pedido con tanta urgencia y de que hay tan absoluta falta de menos para recompensar los sacrificios de los valientes y liberales que derramaron su sangre y dieron sus bienes para rescatar el suelo patrio de la dominación francesa…” A lo que se alude en el párrafo copiado es al abandono en que España mantuvo a la provincia de Santo Domingo en los doce años transcurridos desde que se llevó a cabo el movimiento conocido con la denominación de la Reconquista, que había culminado en la batalla de Palo Hincado y la toma de la capital del país tras la rendición de las armas francesas –episodio ocurrido doce años antes, en el 1809–, y de paso se aludía también al hecho de que los situados o envíos de dinero que debían llegar anualmente desde México y Caracas dejaron de hacerse hacía once años. Ante esa situación la Diputación Provincial se había dirigido al rey de España para decirle, en comunicación fechada el 16 de enero de 1821, que desde “once años ha... permanecen en el mismo estado de espera”, “desnudos, hambrientos y perdidos todos sus bienes”, los que llevaron a cabo la guerra de la Reconquista, “sin que en este tiempo de espera haya(n) visto otra cosa que desembarcar empleados (que llegaban de España) y conferir puestos (públicos) a personas que si han contribuido en otra parte (de los territorios españoles de América) con sus servicios no son de absoluta necesidad en el estado de penuria en que se encuentra toda la isla”. (Debo advertir que la expresión “toda la isla” era incorrecta puesto que una parte de ella estaba ocupada por la República de Haití, que a esa fecha tenía dieciocho años de establecida; y aclaro que las expresiones puestas entre paréntesis son mías. Nota de JB). Levantamientos y Juntas Las causas materiales del movimiento político llamado por nuestros historiadores la Independencia Efímera están dichas en los párrafos de la comunicación de la Diputación Provincial enviada al rey de España copiados arriba y en la parte de la que se le envió al gobierno español para notificarle que la provincia de Santo Domingo había dejado de ser territorio de nuestra antigua metrópoli. Esas causas se resumen en pocas palabras: el país que veinte y tres años después pasaría a llamarse República Dominicana se hallaba en un estado de miseria tan agudo que la padecían todas las capas sociales, y la miseria llevó a mucha gente del pueblo a comparar lo que sucedía en Santo Domingo con lo que sucedía en Haití, donde la actividad económica se reflejaba en hechos como el que describe en su Estudios de la Historia de Haití B. Ardouin (París, 1860, tomo 9) cuando refiere (pág. 22) que el 13 de mayo de 1821 –seis meses y medio antes de la declaración de la Independencia Efímera– los comerciantes haitianos de Puerto Príncipe organizaron un círculo de comercio o sociedad por acciones, y que el día 24, siguiendo ese ejemplo, los de la región del norte instalaron una cámara comercial en Cabo Haitiano. No se sabe cómo llegaban a Santo Domingo las noticias de las bienandanzas económicas de Haití, pero no hay duda de que llegaban porque de no ser así no se explicarían los levantamientos de militares dominicanos que se declaraban partidarios de la unión con Haití, como el de Andrés Almarante, comandante de Dajabón; el de Diego Polanco, comandante de Monte Cristi, que le escribió al jefe militar de Cabo Haitiano diciéndole que “el pueblo de San Fernando de Monte Cristi ha juzgado oportuno enarbolar la bandera haitiana y lo hemos consentido”, hecho que se anticipó en quince días a la acción de Núñez de Cáceres y sus compañeros, y sin duda también se anticipó el levantamiento de Dajabón, que fue anterior al de Monte Cristi, pero no quedó constancia de cuándo ocurrió. Lo que se sabe, porque lo dice Ardouin, es que una comunicación enviada a Boyer por Almarante estaba fechada el 15 de noviembre, es decir, el mismo día que la del comandante Diego Polanco. La noticia de lo que había sucedido en Santo Domingo el 1 de diciembre llegó a Puerto Plata en menos de dos semanas porque allí se formó una junta que puso en las astas la bandera haitiana y el 13 de diciembre solicitó el respaldo del general Antonio López Villanueva, comandante de la fortaleza de aquella ciudad, en su repudio de lo que habían hecho Núñez de Cáceres y los que firmaron con él su declaración de independencia. En Santiago se formó otra junta, a la que se refiere Ardouin llamándola “provisional”. Esa junta envió a Haití tres delegados –Juan Núñez Blanco, José María Salcedo y Fernando Morel de Santa Cruz, que debía ser familiar muy cercano del que fuera importante personaje de la Iglesia Católica de Cuba–, y entre los asuntos que debían tratar con el presidente Boyer uno era “Que la Constitución de la República de Haití nos gobierne en lo adelante”, y otro, que “la deseamos con la libertad de los esclavos”, tema que no figura en el acta de la independencia levantada por Núñez de Cáceres y sus compañeros. De la Independencia Efímera a La Trinitaria El Consejo Municipal de Puerto Plata le envió a Boyer otra comunicación llevada por José María Roxas y Francisco By y firmada por Joaquín Bidos, Luis Rodríguez Plantes y Francisco Antonio del Campo, y en ella le pedían “en nombre de esta pacífica jurisdicción todo lo que pueda convenir al bienestar de sus habitantes, a su seguridad personal y a la conservación de sus propiedades”; por su parte, el general López Villanueva respondió a la junta puertoplateña diciéndole que había dado orden de que “se enarbolara la bandera haitiana” y llamaba a Boyer “un hombre por excelencia filántropo”. El movimiento que pedía la unión de dominicanos y haitianos bajo el gobierno de Boyer se extendía como fuego en un pinar; en él pasó a participar La Vega, cuyo comandante militar, Juan Ramón, le escribió a Boyer diciéndole que esa ciudad “vecina de Santiago ha imitado su ejemplo y enarbolado, con toda la solemnidad consiguiente, la bandera de su respetable gobierno de usted”, y el 14 de enero hacían lo mismo grupos de Cotuí y San Francisco de Macorís, de San Juan de la Maguana, de Neiba, de Azua, entre cuyos firmantes aparecía nada menos que Pablo Báez, alcalde (síndico) que era de la vieja ciudad y padre de Buenaventura. Hasta Samaná llegó la ola de las adhesiones y peticiones, todas redactadas en forma tan parecida que dejan la impresión de que eran escritas siguiendo un modelo enviado desde Haití. Ardouin fue un historiador que puede figurar entre los más esmerados y laboriosos de América, pero era un idealista que achacaba los hechos históricos a pasiones o deseos de los personajes que encabezaban esos hechos. El capítulo III del tomo 9 de su libro está dedicado a relatar el movimiento que los dominicanos hemos bautizado con el nombre de Independencia Efímera pero escrito desde el punto de vista haitiano, y desde ese ángulo Ardouin no podía explicarse las causas materiales de ese episodio de la historia dominicana que fue al mismo tiempo un episodio de la de Haití porque le abrió las puertas a la incorporación de la antigua provincia española al Estado haitiano, y visto con la perspectiva que proporciona al estudio de la historia, ese episodio condujo, veintidós años más tarde, a la creación de la República Dominicana, o dicho de otro modo, condujo, dieciséis años después, a la fundación de La Trinitaria. Para Ardouin, la Independencia Efímera tuvo su origen en resentimientos de José Núñez de Cáceres contra el gobierno español porque no se le concedió la petición, que hizo repetidas veces, del cargo de oidor de la Audiencia de Quito, capital de Ecuador, explicación que muchos años después iba a mantener Américo Lugo. Pero lo que dicen las contadas descripciones de la situación de miseria en que vivían los dominicanos de esos años es otra cosa; dicen que Núñez de Cáceres actuó como lo hicieron los comandantes de armas de Dajabón, de Monte Cristi, de Santiago, de Cotuí, de La Vega, de Neiba, de Samaná, sólo que en forma diferente porque la posición que él desempeñaba en el tren de la burocracia española lo colocó en una altura a la que no llegaban esos comandantes. El 9 de febrero de 1822, esto es, dos meses y nueve días después de haber sido declarada la Independencia Efímera, hacía su entrada en la capital de la porción oriental de la isla Jean Pierre Boyer. La Independencia Efímera había sido efímera pero no llegó a ser independencia, y el hombre que encabezó ese episodio no llegó a ser libertador porque no tenía las condiciones para serlo ni el país podía dar de sí lo necesario para que de su seno saliera uno que lo fuera. Pero como la historia es un proceso que no se detiene, del fracaso de la Independencia Efímera saldrían los acontecimientos que produjeron la necesidad de crear La Trinitaria y llevarla hasta el momento en que sus hombres enmendaron el yerro cometido por José Núñez de Cáceres.
Juan Bosch Santo Domingo, 26 de enero de 1986.
Orígenes materiales de la organización de La Trinitaria Para algunos duartistas la República Dominicana surgió de la cabeza de Juan Pablo Duarte tal como Atenas, la diosa griega de la sabiduría, surgió de la cabeza de Júpiter; pero los que creemos que los hechos históricos no son productos de las ideas de ciertos hombres sino que las ideas de los hombres son productos de acontecimientos que afectan a las sociedades –y creemos además que esos acontecimientos pasan por etapas de formación y desarrollo– pensamos que el nacimiento de la República Dominicana, fechado el 27 de febrero de 1844, estuvo precedido, como la planta lo es de una semilla, por la formación de la asociación secreta y celular llamada La Trinitaria, y afirmamos que la creación de La Trinitaria fue provocada por hechos de carácter material que tuvieron efectos profundos en la manera de pensar y por tanto de actuar de los hombres y las mujeres que poblaban la parte de la isla de Santo Domingo en que se hablaba el español. Desde el punto de vista de su ciudadanía, la población de la parte Este de la isla era tan haitiana como la de la parte Oeste, pero desde el punto de vista cultural y político ella misma, o una parte importante de ella, se consideraba diferente de la haitiana, y en consecuencia, se sentía sometida por la fuerza al poder de Haití, que para la fecha de la fundación de La Trinitaria tenía dieciséis años y medio gobernándola. De no haber sido así esa población no habría apoyado en los campos de batalla a los que encabezaron la lucha para independizar de Haití la antigua parte española de la isla; y su apoyo fue tan enérgico y tan masivo que a pesar de que el poder militar haitiano era muy superior al que podían oponerle los dominicanos –y Haití lo usó a fondo para imponer de nuevo su dominio sobre la población del Este– no pudo someter a sus antiguos súbditos. La independencia de la que iba a llamarse República Dominicana fue un hecho político y si pretendemos identificar la base material de ese hecho político debemos orientar la búsqueda hacia un acontecimiento económico. ¿Cuál o cuáles hechos económicos, o que podían tener consecuencias económicas, afectaron al país que se llamaba Haití –que era entonces toda la isla de Santo Domingo– de tal manera que provocó el deseo de los habitantes de la parte Este de no seguir siendo gobernados por haitianos, y más concretamente por Jean Pierre Boyer y los hombres que formaban su equipo de gobierno? Fueron varios, unos de origen natural, y por tanto internos; otros de origen financiero ocurridos en Estados Unidos y Europa con efectos sobre el comercio de Haití, del cual era parte el comercio establecido en el territorio de lo que iba a ser la República Dominicana, cuyos propietarios eran generalmente nacidos en el Este. Por ejemplo, el padre de Juan Pablo Duarte era un comerciante haitiano porque él era ciudadano de Haití, y Santo Domingo, donde estaba su negocio, era una ciudad haitiana. La mayor parte de los datos sobre los hechos a que nos hemos referido figuran en Etudes Sur L’Histoire D’Haití, por B. Ardouin (Port-au-Prince, Haití, 1958) y se hallan en el Tome Dixiéme, Chapitre VI, páginas 61 en adelante. Ardouin nos informa de una revuelta contra el gobierno de Boyer que se produjo a fines de 1836, pero no nos dice qué la causó, si bien su sola existencia indica que para esa época ya había comenzado, por lo menos en una de las regiones de la parte Oeste del país, una crisis política que debía tener origen económico. Al parecer la revuelta de 1836 quedó dominada rápidamente, pero en enero del año siguiente –1837– comenzaría otra cuyo jefe acusaba a Boyer de haber vendido el país a los blancos franceses y además alegaba que las grandes fincas del Norte –suponemos que se trataba de las que habían sido donadas a sus favoritos por el rey Henri Christophe– habían sido divididas en parcelas tan pequeñas que sus dueños no podían sostenerse con lo que producían en ellas. Ardouin nos informa también que en el 1837, sin decirnos en cuáles meses, se presentó una sequía que él califica de extraordinaria. Según Ardouin, a causa de tal sequía disminuyó “excesivamente” la cosecha de víveres que se cultivaban, así como la cantidad de café, que era el más importante de los productos de exportación debido a que en cuidarlo y recogerlo se empleaba más mano de obra que en los demás. Si la falta de víveres fue tan acentuada como lo da a entender Ardouin, debió causar mucho malestar en la población de la parte del Este porque la base de su comida eran precisamente los llamados víveres: la yuca, la batata, la yautía, el plátano, que acompañaban a la carne guisada que se obtenía de un ganado casi montaraz o cimarrón. El propio Ardouin nos da la clave para identificar el factor político desatado por esa sequía cuando después de llamarla larga y explicar que se extendía por “las diferentes partes del territorio de la República” decía que la “malevolencia” trataba de explotarla atribuyéndole un origen no natural. A los efectos políticos de la sequía se unieron los que desató una crisis financiera calificada en los Estados Unidos, que parece haber sido el país donde se originó, como “la depresión de 1837”. Esa crisis se extendió a Europa y afectó a Francia, compradora del café haitiano, de manera que los dos países con los cuales negociaba principalmente Haití –y por tanto la parte Este de la isla– cayeron en un estado de marasmo económico que iba a reflejarse en todos los órdenes de la vida haitiana. La crisis de 1837 tuvo efectos en Haití mediante una escasez de productos alimenticios norteamericanos y desde Francia a través de una baja de precios del café, que de 72 francos los 100 kilos descendió a 50 francos, pero además, desde mayo de 1836 el café de la India había entrado a competir ventajosamente en Francia con el de Haití debido a que, con el propósito de favorecer a la marina mercante de su país, el gobierno de Francia había bajado el flete de los productos que compraba en Oriente y había subido el de los que compraba en Haití, en tal forma que un saco de café haitiano tenía que pagar 33 francos más que uno de café de la India, y en consecuencia, el café producido en el país –lo que equivale a decir, y no nos cansamos de recordárselo al lector para que no lo olvide, el producido en toda la isla– dejaba menos beneficios que antes, lo que significaba menos salario para los que trabajaban en los cafetales o menos comida y otros servicios en los lugares donde los campesinos tenían que trabajar no a cambio de un salario sino por comida y tal vez por tela para hacerse un pantalón o una camisa, forma de pago a los trabajadores frecuente en países donde todavía el capitalismo no era el modo de producción dominante. Para las masas campesinas –y en esos años los que vivían en los campos debían ser alrededor del 90 por ciento de los habitantes–, la sequía representaba un mal mayor que la crisis financiera, pero una vez volvieron las lluvias debieron sentir que sus vidas mejoraban; en cambio, los comerciantes de Puerto Príncipe, Cabo Haitiano, Santo Domingo y Puerto Plata debían hallarse disgustados con el gobierno, al que seguramente echaban la culpa de la crisis que los afectaba, y sin duda fueron ellos los que gestionaron que se derogara una ley de 1835 que ordenaba pagar los impuestos de importación en monedas extranjeras. El presidente Boyer se opuso a la derogación de esa ley y lo hizo con un mensaje fechado el 20 de julio de 1837; dos días después el Senado rechazaba la derogación y para agravar los males del país, el 9 de agosto la isla fue azotada por un ciclón que debió ser muy destructor porque, a raíz de su paso, Boyer ordenó que se hicieran grandes siembras de víveres en todo el país. Ahí tienen los lectores expuestas en forma sintética las condiciones materiales que explican la decisión de organizar en la parte española de la isla un movimiento de independencia que comenzaría a materializarse el 16 de julio de 1838 con la fundación de La Trinitaria, cuyo creador fue Juan Pablo Duarte, el hijo mayor del comerciante Juan José Duarte Rodríguez.
Juan Bosch 14 de febrero de 1980.
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